Caja no tan tonta
Según una reciente encuesta, los españoles dedicamos unas tres horas diarias a ver la televisión.
Lo sé. La tentación de lanzar urbi et orbe una diatriba antitelevisiva es casi irresistible. No obstante, una reciente experiencia con el medio me hace ser más prudente.
No hace mucho, paseaba con una amiga por los aledaños del Parque de María Luisa, cuando una chica con micrófono de una cadena local me abordó a quemarropa con sonrisa forzada y no sé qué pregunta brillante (algo así como: "¿Le gusta a usted el Parque?"). Como iba (bien) acompañado y no quería malimpresionar a mi amiga con una salida de tono, me sometí al (mal) trago de contestar a la pizpireta reportera con la mayor naturalidad de que fui capaz.
Os ahorro el suspense: mi respuesta no fue más inteligente que su pregunta. Sin embargo, verme en aquella tesitura me abrió los ojos ante una realidad que hasta entonces había menospreciado. No os equivoquéis: actuar delante de una cámara de televisión como si nadie estuviera mirándoos es todo un arte. Fijaos en cómo actúan los no profesionales cuando los enfoca una cámara: a menudo actúan de forma espasmódica, o bien se quedan rígidos, paralizados por la timidez. Incluso los relaciones públicas y los políticos son, cuando se trata de estar ante una cámara, simples aficionados. ¡Cómo nos gusta burlarnos de lo rígidos y afectados que aparecen en televisión!
Pero si alguna vez habéis sido, como yo, objeto de esa terrible mirada vacía y redonda de cristal, sabréis a la perfección lo espantosamente consciente de ti mismo que te hace sentir. Un tipo estresado con auriculares y portafolios te dice que "actúes con naturalidad"; y entonces tu cara empieza a moverse de forma espasmódica, intentando adoptar una expresión como si nadie estuviera mirándote que resulta del todo imposible, porque "actuar con naturalidad" es (como sabe el menos avispado) un oxímoron de libro.
Intentad si no golpear una pelota de golf después de que alguien te pregunte si al tomar impulso aspiras o expulsas el aire o no pensar en un rinoceronte verde en diez segundos, después de que alguien te ofrezca una sustanciosa recompensa por ello. Os haréis así una idea de las contorsiones verdaderamente heroicas que necesitan llevar a cabo Matías Prats o Paula Vázquez para actuar como si nadie los mirara mientras son observados por la lente de una cámara televisiva.
Pero estoy divagando... Decía que los españoles dedicamos unas tres horas a ver la televisión. Los encuestadores suelen preguntar por el tiempo que pasamos frente a la tele; pero casi nunca POR QUÉ lo hacemos. Estoy convencido de que la respuesta mayoritaria sería algo parecido a esto: "Porque me distrae". Sostengo que no sería del todo cierto.
La televisión ofrece mucho más que distracción. En muchos sentidos, proporciona sueños; y la mayoría de esos sueños aportan alguna clase de superación de la normalidad de la vida cotidiana. Los modos de presentación que funcionan mejor en la tele (cosas como la "acción" -con sus tiroteos, persecuciones y choques de coches-, el collage acelerado de anuncios, noticias y vídeos musicales o la histeria de las series cómicas -con su gesticulación exagerada, sus voces estridentes y sus carcajadas excesivas-) susurran sin ninguna sutileza que, en alguna parte, hay vidas más rápidas, más interesantes, más intensas que nuestra humilde vida cotidiana.
Esto puede parecer inocuo hasta que consideramos que la actividad de ocio a la que, según las escuestas, dedicamos más tiempo durante nuestra vida es ver la televisión: una actividad que cualquiera con una inteligencia justita puede ver que no proporciona precisamente una vida muy animada ni especialmente intensa. ¿Dónde está la trampa? Porque sí: como en todo juego de ilusionismo, en la televisión hay una trampa.
La televisión tiene que intentar atraer espectadores ofreciendo una promesa etérea de evasión de la desmotivante vida ordinaria; ¡una vida ordinaria en la que dedicamos una parte tan exagerada de nuestro tiempo a ver la tele! Por tanto, las promesas televisivas deberían deslegitimar, en teoría, el consumo de televisión; debería decirnos: "Ey, ahí fuera hay un mundo animado e intenso donde nadie pasa tres horas al día repantigado delante de un trasto". Sin embargo, en la práctica, la televisión refuerza ese consumo, diciéndonos: "Pero, sé realista, tu único acceso a ese mundo es la tele".
¿Terrorismo psicológico? ¿Bucle melancólico? Un consejo: apagad la tele, salid al parque a dar un paseo y buscad a la pizpireta reportera local, para hacer algo más interesante que hablar de urbanismo.
Escuchaba la otra tarde no sé qué programa radiofónico en el que los miembros de "Al filo de lo imposible" relataban su última subida al Everest. La excusa de la ocasión era hacerlo en grupo y sin ayuda de oxígeno. Con mi habitual escepticismo, reflexionaba sobre la degradación de las gestas actuales: llegará el día -pensaba- en que la penúltima aventura será subir el K2 haciendo juegos malabares en calzoncillos o descender a las simas de los mares del sur acompañado por un mono metrosexual.
El otoño empezó cargado de acontecimientos que quebrantaron mi ya castigada salud mental: una comida familiar (con tía sorda incluida), una llamada telefónica desde París (a cobro revertido) de mi ex-novia, chica que ha ampliado el significado de la palabra histeria; y otros no menos edificantes que prefiero callar...