¡Ironía o muerte!
Es bien sabido que la razón fue la diosa benéfica (y a la vez -va en el cargo- sacrificial) de los ilustrados y los revolucionarios del s. XVIII.
Tras un (quizá precipitado) mariposeo por internet, advierto que una nueva diosa, aun más poderosa y elusiva que sus hermanas,enseñorea el mundo de los blogs. Sí, hablo de la ironía.
Hoy, uno puede ser más o menos inteligente, más o menos agudo, más o menos brillante, más o menos profundo. Pero, si no eres irónico, no eres nada.
Las presunciones que hay detrás de la ironía son francamente idealistas: se asume que la etiología y el diagnóstico señalan la cura, que una revelación del encarcelamiento lleva a la libertad; en realidad, la ironía y la rebelión sarcástica no resultan liberadoras sino debilitadoras de la cultura sobre la que intenta influir. Tal como dice Edward Hyde: "La ironía sólo debe usarse como emergencia. Prolongada en el tiempo, es la voz de los encarcelados a los que ha llegado a gustar su propia celda".
Esto es porque la ironía, por divertida que resulte, cumple una función casi exclusivamente negativa. Es crítica y destructiva, sirve para limpiar el terreno; pero la ironía resulta singularmente poco efectiva cuando hay construir algo que sustituya a la hipocresía a la que desacredita.
(Cuando afirmo que la ironía es "negativa" no quiero decir que sea mala o perniciosa: sostengo que su función no es crear, sino destruir. Políticamente, la ironía puede equipararse a esos rebeldes que se levantan contra las dictaduras hispanoamericanas: extremadamente útiles y eficaces para derrocar –destruir- regímenes corruptos; pero lamentablemente incapaces de instituir -crear- un nuevo régimen más justo. La ironía infatigable acaba tiranizándonos.)
La ironía fatiga porque carece de sustancia. Los ironistas me parecen tremendamente divertidos para escucharlos en una fiesta; pero siempre me separo de ellos como si me hubieran practicado varias intervenciones quirúrgicas. Ante la sofisticación sardónica, uno termina sintiéndose no solamente vacío sino casi oprimido.
La razón por la que nuestra ironía cultural dominante es a la vez tan poderosa y tan poco satisfactoria es que resulta imposible que un ironista "se defina". Cualquiera que tenga la desfachatez herética de preguntarle a un ironista qué es lo que piensa en realidad termina siendo calificado de ingenuo, de histérico, de mojigato. Eso es lo opresivo de la ironía: su capacidad de inhabilitar la pregunta sin que importe su contenido.
Pero hay (a mi entender) un aspecto mucho más grave del ímpetu irónico. Recuerdo que hace unos años leí la autobiografía de Elias Canetti. En ella, relata una conversación que mantuvo con Hermann Broch. Éste, tras la lectura de la novela de Canetti "Auto de fe", le recriminaba a su autor: da la impresión de que no tratas de combatir la estupidez humana; da la impresión de que "castigas" al hombre por su bajeza. Esa es la impresión que acaban causando los ironistas de guardia.
Nada más descorazonador que aquellos que asumen la función de combatientes intachables de la ignorancia, la maldad y la idiotez . Pretendidamente abrumados por ellas, pero íntimamente encantados con su papel de fustigadores de la general estulticia. Ya nos previno Sánchez Ferlosio de la importancia de desenmascarar a aquellos que se regocijan en "cargarse de razón" frente a la burricie humana.
La divertida, la necesaria, la irrenunciable ironía es (ay, sabemos muy bien qué) otra cosa .
¿Qué tiempo es éste
en que una conversación
es casi un crimen
porque entraña
tantas cosas explícitas?
P.C.

tognaco dijo
Killo, tú estás desaprovechao, te lo digo de verdad :-)
3 Diciembre 2005 | 01:33 AM