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La Coctelera

No maten al mensajero

Nació con el don de la risa y con la sensación de que el mundo estaba loco. Y ése fue todo su patrimonio.

25 Noviembre 2005

Caja no tan tonta

Según una reciente encuesta, los españoles dedicamos unas tres horas diarias a ver la televisión.

Lo sé. La tentación de lanzar urbi et orbe una diatriba antitelevisiva es casi irresistible. No obstante, una reciente experiencia con el medio me hace ser más prudente.

No hace mucho, paseaba con una amiga por los aledaños del Parque de María Luisa, cuando una chica con micrófono de una cadena local me abordó a quemarropa con sonrisa forzada y no sé qué pregunta brillante (algo así como: "¿Le gusta a usted el Parque?"). Como iba (bien) acompañado y no quería malimpresionar a mi amiga con una salida de tono, me sometí al (mal) trago de contestar a la pizpireta reportera con la mayor naturalidad de que fui capaz.

Os ahorro el suspense: mi respuesta no fue más inteligente que su pregunta. Sin embargo, verme en aquella tesitura me abrió los ojos ante una realidad que hasta entonces había menospreciado. No os equivoquéis: actuar delante de una cámara de televisión como si nadie estuviera mirándoos es todo un arte. Fijaos en cómo actúan los no profesionales cuando los enfoca una cámara: a menudo actúan de forma espasmódica, o bien se quedan rígidos, paralizados por la timidez. Incluso los relaciones públicas y los políticos son, cuando se trata de estar ante una cámara, simples aficionados. ¡Cómo nos gusta burlarnos de lo rígidos y afectados que aparecen en televisión!

Pero si alguna vez habéis sido, como yo, objeto de esa terrible mirada vacía y redonda de cristal, sabréis a la perfección lo espantosamente consciente de ti mismo que te hace sentir. Un tipo estresado con auriculares y portafolios te dice que "actúes con naturalidad"; y entonces tu cara empieza a moverse de forma espasmódica, intentando adoptar una expresión como si nadie estuviera mirándote que resulta del todo imposible, porque "actuar con naturalidad" es (como sabe el menos avispado) un oxímoron de libro.

Intentad si no golpear una pelota de golf después de que alguien te pregunte si al tomar impulso aspiras o expulsas el aire o no pensar en un rinoceronte verde en diez segundos, después de que alguien te ofrezca una sustanciosa recompensa por ello. Os haréis así una idea de las contorsiones verdaderamente heroicas que necesitan llevar a cabo Matías Prats o Paula Vázquez para actuar como si nadie los mirara mientras son observados por la lente de una cámara televisiva.

Pero estoy divagando... Decía que los españoles dedicamos unas tres horas a ver la televisión. Los encuestadores suelen preguntar por el tiempo que pasamos frente a la tele; pero casi nunca POR QUÉ lo hacemos. Estoy convencido de que la respuesta mayoritaria sería algo parecido a esto: "Porque me distrae". Sostengo que no sería del todo cierto.

La televisión ofrece mucho más que distracción. En muchos sentidos, proporciona sueños; y la mayoría de esos sueños aportan alguna clase de superación de la normalidad de la vida cotidiana. Los modos de presentación que funcionan mejor en la tele (cosas como la "acción" -con sus tiroteos, persecuciones y choques de coches-, el collage acelerado de anuncios, noticias y vídeos musicales o la histeria de las series cómicas -con su gesticulación exagerada, sus voces estridentes y sus carcajadas excesivas-) susurran sin ninguna sutileza que, en alguna parte, hay vidas más rápidas, más interesantes, más intensas que nuestra humilde vida cotidiana.

Esto puede parecer inocuo hasta que consideramos que la actividad de ocio a la que, según las escuestas, dedicamos más tiempo durante nuestra vida es ver la televisión: una actividad que cualquiera con una inteligencia justita puede ver que no proporciona precisamente una vida muy animada ni especialmente intensa. ¿Dónde está la trampa? Porque sí: como en todo juego de ilusionismo, en la televisión hay una trampa.

La televisión tiene que intentar atraer espectadores ofreciendo una promesa etérea de evasión de la desmotivante vida ordinaria; ¡una vida ordinaria en la que dedicamos una parte tan exagerada de nuestro tiempo a ver la tele! Por tanto, las promesas televisivas deberían deslegitimar, en teoría, el consumo de televisión; debería decirnos: "Ey, ahí fuera hay un mundo animado e intenso donde nadie pasa tres horas al día repantigado delante de un trasto". Sin embargo, en la práctica, la televisión refuerza ese consumo, diciéndonos: "Pero, sé realista, tu único acceso a ese mundo es la tele".

¿Terrorismo psicológico? ¿Bucle melancólico? Un consejo: apagad la tele, salid al parque a dar un paseo y buscad a la pizpireta reportera local, para hacer algo más interesante que hablar de urbanismo.

servido por pa-habernos-matao 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

egoime

egoime dijo

¿Sólo 3 horas de media? Pues vaya..., no han preguntado a mi generación..., si no la media sería mucho más alta....

25 Noviembre 2005 | 10:30 PM

Mensajero

Mensajero dijo

A tu generación es inútil preguntarle nada: está ocupada viendo la tele.

26 Noviembre 2005 | 10:44 PM

engelson

engelson dijo

Llegará el dia en el que la encuesta nos dirá (y nos asombraremos) cuantas horas nos pasamos SIN una pantalla delante (pantalla = tv + ordenador + móvil + juegos).

28 Noviembre 2005 | 09:29 AM

tognaco

tognaco dijo

Jeje, buena observación, realmente yo paso poco tiempo sin una pantalla delante. Pero sí paso algún tiempo actuando delante de una audiencia de unos 30 mocosillos que sin embargo no me dejan actuar en paz, ya que ell@s también reclaman su protagonismo... pero creo que tú también sabes algo de esto ¿eh, Fran?

3 Diciembre 2005 | 01:27 AM

Neurótico

Neurótico dijo

Pues sí: la profesión de maestro (del infantil al universitario) tiene mucho de showman. Y con el público de los alumnos pasa como con el público de la tele: le importa más con quién estás liado o dónde has comprado las deportivas que el hecho de que puedas contarle algo verdaderamente interesante.

Ya decía Aristóteles que "las enseñanzas orales deben acomodarse a los hábitos de los oyentes". Así que me veo, en breve, explicando quién era Don Quijote disfrazado con una gorra, con pantalones tres tallas más grandes y meneándome al ritmo del reguetón.

Aunque es cierto que "no puede enseñarse nada que merezca la pena ser aprendido", uno tiene que ponerse al día...

Oye, ¿quién eres tognaco?

4 Diciembre 2005 | 11:37 PM

PeLoN

PeLoN dijo

prefiero un buen libro, a ver esa chingadera

5 Septiembre 2006 | 03:21 AM

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