Escuchaba la otra tarde no sé qué programa radiofónico en el que los miembros de "Al filo de lo imposible" relataban su última subida al Everest. La excusa de la ocasión era hacerlo en grupo y sin ayuda de oxígeno. Con mi habitual escepticismo, reflexionaba sobre la degradación de las gestas actuales: llegará el día -pensaba- en que la penúltima aventura será subir el K2 haciendo juegos malabares en calzoncillos o descender a las simas de los mares del sur acompañado por un mono metrosexual.

Recordé aquello que decía Salvador Dalí de que: "El primer hombre que comparó las mejillas de una joven con las rosas era un poeta; el segundo, un idiota". Cierto. A nadie le asombra ya que un aventurero ascienda al Everest: lo sorprendente, la verdadera hazaña, es que RENUNCIE a hacerlo.

Confieso que estuve tentado de llamar al programa para sugerir a los "fileros" algunos retos verdaderamente "imposibles". Por ejemplo, que vinieran a Sevilla estas Navidades e intentaran llegar desde la facultad de Filosofía hasta El Corte Inglés (300 metros) en menos de una hora: esos embotellamientos que son para tirarse a la botella, esas cruces que son una cruz, esos gorrillas viviendo de gorra... Ojo. Y esto ANTES de entrar a hacer las compras. Porque hay que hacer las compras: someterse a unos pasillos geométricamente mareantes y atestados de cacharros, una música ratonera que destroza los nervios, unas marujas que -por llegar antes que tú a la caja- te atropellan con los carritos rebosando barbies y videojuegos... Otro mundo.

Aventureros de todo pelaje: dejaos de alpinismo y expediciones pintorescas; casi siempre, el verdadero desafío está a la vuelta de la esquina.