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La Coctelera

No maten al mensajero

Nació con el don de la risa y con la sensación de que el mundo estaba loco. Y ése fue todo su patrimonio.

Categoría: Ferlosiana

9 Enero 2006

Ferlosiana (16, 17 y 18)

16. Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.

17. Ante esta forma tan especial de detenerse a espaciar silabeando la palabra i-rre-ver-si-ble tal vez lo que sospechamos en su boca no sea sino el sabor de la íntima y tenebrosa complacencia con lo fatal, en la medida en que ésta les permite sentirse relevados del valor de plantar cara a la imponente hueste del destino y exonerados de empuñar la espada de la responsabilidad de lo posible.

18. (Per speculum et in enigmate.) Toda ya se me va antojando tan imaginario, que nada puede perder siendo fingido, como nada puede ganar siendo real.

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7 Enero 2006

Ferlosiana (13, 14 y 15)

13. (La Ilíada.) ¡Qué antiguas eran ya las armas, qué viejos eran ya los hombres, qué decrépito el mundo, qué anciana la palabra, ya en tu guerra, oh rey Agamenón!

14. (Homenaje a Carlos V.) Personajes: OJEADOR, CAZADOR; escena: camino entre Tordesillas y Roa.

Acto único, escena única.
OJEADOR: ¡El águila bicéfala!
CAZADOR: ¡Pum!, ¡pum!
Caen, como nevando, plumas negras desde lo alto de la tramoya, mientras, tras ellas, baja lentamente el telón.

15. Cada vez más, mirándolos a la luz que discrimina los buenos y los malos, se diría que los hombres habitan un crudo planeta sin atmósfera, tan tajante es la raya, tan intenso el gradiente en que se parten la sombra y el sol.

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6 Enero 2006

Ferlosiana (10, 11 y 12)

10. Quien dice de su enemigo: “No entiende más lenguaje que la violencia” nos está descubriendo, sin querer lo que, a su vez, de sí mismo se afana en ignorar: que él tampoco conoce otro lenguaje que ése. De lo contrario no llamaría lenguaje al de las armas.

11. (Anti-España, 1) Cursillo acelerado de literatura española para extranjeros, Siglo de Oro, teatro. "Antojos enfermos enojos no sanan", por Lobo de Pega.

Acto único. Escena única. Melisa y Leonor.
MELISA (curiosa): ¿Le amáis?
LEONOR (túrbase): ¡Le odio!
MELISA (confusa): ¿Le odiáis?
LEONOR (exáltase): ¡Le adoro!
MELISA (sorprendida): ¿Le adoráis?
LEONOR (enciéndese): ¡Le aborrezco!
MELISA (desconcertada): ¿Le aborrecéis?
LEONOR (inflámase): ¡Le idolatro!
MELISA (asombrada): ¿Le idolatráis?
LEONOR (arrebátase): ¡Harto!
Telón rápido.

12. ¡Cómo os habéis equivocado siempre! Era al afán, al trabajo, al quebranto, a la fatiga; no al sosiego, ni a la holganza, ni al goce ni a la hartura, a quienes teníais que haberles preguntado: “¿Para qué servís?”

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5 Enero 2006

Ferlosiana (7, 8 y 9)

7. (Anti-Popper.) La aparente humildad de la frase “Sólo sé que no sé nada” no logra encubrir la inmensa soberbia de quienes la escriben: ellos no andan mojando, como los demás mortales, la pluma en un tintero; la mojan en el Océano.

8.(Anti-Goethe.) A nadie podría sentir yo más ajeno y más contrario que al que dijo: “Gris, mi querido amigo, es toda teoría; / verde, en verdad, el árbol dorado de la vida”. Siempre me ha parecido a mí, por el contrario, ser la vida lo gris, y aun lo lóbrego, lo siniestro, polvorienta y reseca la momia de sí misma. Verde, tan sólo he visto, justamente, el árbol ideal de la teoría; dorada, sólo la imaginaria flor de la utopía, que brilla entre sus ramas, como una bombilla temblorosa e impávida, desafiando la ominosa noche, en la ciudad bajo los bombarderos.

9. El niño que osó decir “El emperador está desnudo”, ¡ay!, acaso también estaba pagado por el propio emperador.

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5 Enero 2006

Ferlosiana (4, 5 y 6)

4. (Conmutación.) Hojeando revistas de peluquería acabaría uno sacando la impresión de que la celebrada frase de Mistinguette: “El dinero no da la felicidad, pero aplaca los nervios”, sin perder nada de lucidez y de verdad, resultaría más oportuna presentada en su contracara especular, es decir, sometida a una doble inversión lógica: “El dinero da la felicidad, pero destroza los nervios".

5. (Anti-España, 3.) No sé quiénes tendrían que producirnos más horror: si los del “Caiga quien caiga”, los del “Aquí va a haber que tomar una determinación” o los del “Esto lo arreglaba yo en veinticuatro horas”. ¡Dios, pero qué tenebrosamente españolas suenan estas frases! ¿Qué tradición de rencor inextinto, de maldad infligida o padecida, ha podido dejar en el alma de los españoles un poso tan siniestro? ¿Qué ha podido marcar a fuego semejante impronta, para cuyo espíritu no se me ocurre ahora ningún nombre más propio y expresivo que el de “mentalidad sumarísima”?

Sin embargo, a veces parece entreverse en tales actitudes, al menos en la tertulia del café, un elemento de histrionismo: mostrarse sumarísimo, bramar henchido de santa indignación, reiterando el testimonio de cuán acérrimamente enemigo se es de la gentuza, suena también, afortunadamente, a un viejo y gastado número de teatro malo.

6. Moral, moral la única que querría uno ya tener a estas alturas es la del Alcoyano.

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3 Enero 2006

Ferlosiana (1, 2 y 3)

1. No hay nada que pueda impresionarme tan desfavorablemente como el que alguien trate de impresionarme favorablemente. Los simpáticos me caen siempre antipáticos; los antipáticos me resultan, ciertamente, incómodos en tanto dura la conversación, pero cuando ésta se acaba se han ganado mi aprecio y simpatía. Ese viajero que dice “Buenas noches”, al entrar en el compartimento del vagón; que apenas alza los ojos, sin interés alguno, hacia la comparecencia de viajeros nuevos, que no vuelve a despegar los labios hasta llegar a su estación, para decir: “Que tengan ustedes buen viaje”, suscita en mí la convicción —probablemente tan arbitraria como injusta— de que en un choque o un descarrilamiento se comportaría del modo más heroico y socorredor, mientras que el dicharachero, que no ha parado en todo el viaje de hablar y de reír, de entablar relación con todo cristo, y no digamos si —¡horror!— hasta contando chistes por añadidura, me impone, en cambio, la más absoluta certidumbre de que no podría dar, en tal trance, sino el más bochornoso espectáculo de histeria y cobardía.

2. La voz más pobre se hace siempre la más autoritaria: no consiguiendo ya ser entendida, tiene que resignarse a no ser más que obedecida.

3. Si la cabeza cortada, que, como una piedra más, rueda hacia el mar por la empinada ladera pedregosa, acelerándose en rebotes cada vez más largos, pudiese, antes de ahogar su voz en el fragor y en la espuma de las olas que han de estrellarla contra el acantilado, gritar el nombre de la amada, no cabe duda de que lo gritaría, sin hacerse cuestión de inutilidad de malgastar así su aliento postrimero.

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