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La Coctelera

Ferlosiana (16, 17 y 18)

16. Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.

17. Ante esta forma tan especial de detenerse a espaciar silabeando la palabra i-rre-ver-si-ble tal vez lo que sospechamos en su boca no sea sino el sabor de la íntima y tenebrosa complacencia con lo fatal, en la medida en que ésta les permite sentirse relevados del valor de plantar cara a la imponente hueste del destino y exonerados de empuñar la espada de la responsabilidad de lo posible.

18. (Per speculum et in enigmate.) Toda ya se me va antojando tan imaginario, que nada puede perder siendo fingido, como nada puede ganar siendo real.

Ferlosiana (13, 14 y 15)

13. (La Ilíada.) ¡Qué antiguas eran ya las armas, qué viejos eran ya los hombres, qué decrépito el mundo, qué anciana la palabra, ya en tu guerra, oh rey Agamenón!

14. (Homenaje a Carlos V.) Personajes: OJEADOR, CAZADOR; escena: camino entre Tordesillas y Roa.

Acto único, escena única.
OJEADOR: ¡El águila bicéfala!
CAZADOR: ¡Pum!, ¡pum!
Caen, como nevando, plumas negras desde lo alto de la tramoya, mientras, tras ellas, baja lentamente el telón.

15. Cada vez más, mirándolos a la luz que discrimina los buenos y los malos, se diría que los hombres habitan un crudo planeta sin atmósfera, tan tajante es la raya, tan intenso el gradiente en que se parten la sombra y el sol.

Ferlosiana (10, 11 y 12)

10. Quien dice de su enemigo: “No entiende más lenguaje que la violencia” nos está descubriendo, sin querer lo que, a su vez, de sí mismo se afana en ignorar: que él tampoco conoce otro lenguaje que ése. De lo contrario no llamaría lenguaje al de las armas.

11. (Anti-España, 1) Cursillo acelerado de literatura española para extranjeros, Siglo de Oro, teatro. "Antojos enfermos enojos no sanan", por Lobo de Pega.

Acto único. Escena única. Melisa y Leonor.
MELISA (curiosa): ¿Le amáis?
LEONOR (túrbase): ¡Le odio!
MELISA (confusa): ¿Le odiáis?
LEONOR (exáltase): ¡Le adoro!
MELISA (sorprendida): ¿Le adoráis?
LEONOR (enciéndese): ¡Le aborrezco!
MELISA (desconcertada): ¿Le aborrecéis?
LEONOR (inflámase): ¡Le idolatro!
MELISA (asombrada): ¿Le idolatráis?
LEONOR (arrebátase): ¡Harto!
Telón rápido.

12. ¡Cómo os habéis equivocado siempre! Era al afán, al trabajo, al quebranto, a la fatiga; no al sosiego, ni a la holganza, ni al goce ni a la hartura, a quienes teníais que haberles preguntado: “¿Para qué servís?”

Ferlosiana (7, 8 y 9)

7. (Anti-Popper.) La aparente humildad de la frase “Sólo sé que no sé nada” no logra encubrir la inmensa soberbia de quienes la escriben: ellos no andan mojando, como los demás mortales, la pluma en un tintero; la mojan en el Océano.

8.(Anti-Goethe.) A nadie podría sentir yo más ajeno y más contrario que al que dijo: “Gris, mi querido amigo, es toda teoría; / verde, en verdad, el árbol dorado de la vida”. Siempre me ha parecido a mí, por el contrario, ser la vida lo gris, y aun lo lóbrego, lo siniestro, polvorienta y reseca la momia de sí misma. Verde, tan sólo he visto, justamente, el árbol ideal de la teoría; dorada, sólo la imaginaria flor de la utopía, que brilla entre sus ramas, como una bombilla temblorosa e impávida, desafiando la ominosa noche, en la ciudad bajo los bombarderos.

9. El niño que osó decir “El emperador está desnudo”, ¡ay!, acaso también estaba pagado por el propio emperador.

Ferlosiana (4, 5 y 6)

4. (Conmutación.) Hojeando revistas de peluquería acabaría uno sacando la impresión de que la celebrada frase de Mistinguette: “El dinero no da la felicidad, pero aplaca los nervios”, sin perder nada de lucidez y de verdad, resultaría más oportuna presentada en su contracara especular, es decir, sometida a una doble inversión lógica: “El dinero da la felicidad, pero destroza los nervios".

5. (Anti-España, 3.) No sé quiénes tendrían que producirnos más horror: si los del “Caiga quien caiga”, los del “Aquí va a haber que tomar una determinación” o los del “Esto lo arreglaba yo en veinticuatro horas”. ¡Dios, pero qué tenebrosamente españolas suenan estas frases! ¿Qué tradición de rencor inextinto, de maldad infligida o padecida, ha podido dejar en el alma de los españoles un poso tan siniestro? ¿Qué ha podido marcar a fuego semejante impronta, para cuyo espíritu no se me ocurre ahora ningún nombre más propio y expresivo que el de “mentalidad sumarísima”?

Sin embargo, a veces parece entreverse en tales actitudes, al menos en la tertulia del café, un elemento de histrionismo: mostrarse sumarísimo, bramar henchido de santa indignación, reiterando el testimonio de cuán acérrimamente enemigo se es de la gentuza, suena también, afortunadamente, a un viejo y gastado número de teatro malo.

6. Moral, moral la única que querría uno ya tener a estas alturas es la del Alcoyano.

Ferlosiana (1, 2 y 3)

1. No hay nada que pueda impresionarme tan desfavorablemente como el que alguien trate de impresionarme favorablemente. Los simpáticos me caen siempre antipáticos; los antipáticos me resultan, ciertamente, incómodos en tanto dura la conversación, pero cuando ésta se acaba se han ganado mi aprecio y simpatía. Ese viajero que dice “Buenas noches”, al entrar en el compartimento del vagón; que apenas alza los ojos, sin interés alguno, hacia la comparecencia de viajeros nuevos, que no vuelve a despegar los labios hasta llegar a su estación, para decir: “Que tengan ustedes buen viaje”, suscita en mí la convicción —probablemente tan arbitraria como injusta— de que en un choque o un descarrilamiento se comportaría del modo más heroico y socorredor, mientras que el dicharachero, que no ha parado en todo el viaje de hablar y de reír, de entablar relación con todo cristo, y no digamos si —¡horror!— hasta contando chistes por añadidura, me impone, en cambio, la más absoluta certidumbre de que no podría dar, en tal trance, sino el más bochornoso espectáculo de histeria y cobardía.

2. La voz más pobre se hace siempre la más autoritaria: no consiguiendo ya ser entendida, tiene que resignarse a no ser más que obedecida.

3. Si la cabeza cortada, que, como una piedra más, rueda hacia el mar por la empinada ladera pedregosa, acelerándose en rebotes cada vez más largos, pudiese, antes de ahogar su voz en el fragor y en la espuma de las olas que han de estrellarla contra el acantilado, gritar el nombre de la amada, no cabe duda de que lo gritaría, sin hacerse cuestión de inutilidad de malgastar así su aliento postrimero.

De la experiencia del pensar

Camino y balanza,
vereda y leyenda

se encuentran en una andadura.

Marcha y sobrelleva
ausencia y pregunta
siguiéndote por un sendero.

Cuando la temprana luz mañanera crece callada sobre los montes...

El oscurecimiento del mundo jamás alcanza a la luz del ser.
Llegamos muy tarde para los dioses y muy pronto para el ser.
Cuyo poema comenzado es el hombre.
Sólo esto: avanzar en una estrella.
Pensar es limitarse a un pensamiento, que, como una estrella, queda una vez en el cielo del mundo
.

Cuando la veleta ante la ventana de la cabaña canta con la tempestad que se alza...

Si el temple del pensar brota de la exigencia del ser, crece el lenguaje del destino.
Apenas tenemos una cosa ante los ojos, y en el corazón la escucho vuelta hacia la palabra, se cumple felizmente el pensar.
Pocos hay expertos en diferenciar objeto aprendido y cosa pensada.
Si en el pensar hubiera antagonistas y no simples enemigos, mejor le iría al pensar.

Cuando entre cielos de lluvia, desgarrados, un repentino rayo de sol se desliza sobre las sombras de los prados...

Nunca llegamos a pensamientos. Llegan ellos a nosotros.
Tal es la hora propicia al diálogo.
Se alegra en la meditación común. Que no enfrenta encontrados sentires, ni tolera acuerdos renunciatorios.
El pensar sigue alzándose duro entre el viento de las cosas.
Quizá de tal comunidad algunos saldrán camaradas en el taller del pensar.
Para que uno de ellos, sin sospecharlo, se torne maestro.

Cuando en primavera florecen aislados narciso, ocultos en el prado. y la eglantina brilla bajo el arce...

El esplendor de lo sencillo.
Sólo la forma conserva fisonomía.
Pero la forma descansa en poema.
¿A quién puede traspasar el entusiasmo como un soplo, si quiere evitar la tristeza?
El dolor regala su fuerza salvadora donde no sospechamos.

Cuando el viento, saltando brusco, gruñe entre la armazón de la cabaña, ya el día se pone ceñudo...

Tres peligros rondan al pensar.
El peligro bueno, es decir, salvador, es la vecindad del poeta cantor.
El peligro perverso, es decir, más agudo, es el propio pensar.
El peligro malo, es decir, confusionario, es el filosofar.

Cuando en día de verano la mariposa descansa en la flor y, con las alas juntas, se columpia en la brisa del prado...

Toda situación de ánimo es eco del ánimo del ser, que nuestro pensar reúne en el juego del mundo.
En el pensar, cada cosa se torna solitaria y lenta.
En la paciencia, crece la magnanimidad.
Quien piensa en grande, en grande debe errar.

Cuando el arroyo montesino en la calma nocturna narra de sus caídas por los canchales...

Lo más antiguo de lo antiguo llega desde atrás a nuestro pensar y, sin embargo, se nos adelanta.
Por eso el pensar se detiene en la aparición de lo que fue, y es recuerdo.
Antiguo significa: pararse a tiempo donde el pensamiento solitario de un camino de pensar se enreda en sus recodos.
Arriesgamos el salto de la filosofía al pensar cuando hemos llegado a estar en casa en el origen del pensar.

Cuando en las noches de invierno tempestades de nieve sacuden la cabaña, y una mañana el paisaje ha enmudecido en lo blanco...

El decirse del pensar reposaría sólo en su esencia si se hiciera impotente para decir lo que debe quedar callado.
Tal impotencia pondría al pensamiento ante la cosa.
Nunca, en ninguna lengua, lo pronunciado es lo dicho.
Que a cada vez y de repente haya un pensamiento, ¿qué asombro querría sondearlo?

Cuando baja un repicar de campanas por las laderas del valle, donde suben despacio los rebaños...

El carácter poético del pensamiento aún está velado.
Cuando se muestra, largo tiempo semeja la utopía de un entendimiento semipoético.
Pero el poetizar pensante es de veras la topología del ser:
Le dice el sitio de su esencia.

Cuando la luz del ocaso. cayendo en el bosque de no sé dónde, dora los troncos...

Cantar y pensar son los troncos cercanos del poetizar.Su unión hace pensar lo que de los árboles del bosque dijera Hölderlin
“Mutuamente desconocidos permanecen,
alzándose erguidos, los vecinos troncos.”

Los arroyos caen.
Los canchales duran.
La lluvia fluye.
Las mieses esperan.
Las fuentes manan.
Los vientos moran.
La bendición medita.

(Martin Heidegger)

¡Ironía o muerte!

Es bien sabido que la razón fue la diosa benéfica (y a la vez -va en el cargo- sacrificial) de los ilustrados y los revolucionarios del s. XVIII. Tras un (quizá precipitado) mariposeo por internet, advierto que una nueva diosa, aun más poderosa y elusiva que sus hermanas,enseñorea el mundo de los blogs. Sí, hablo de la ironía.

Hoy, uno puede ser más o menos inteligente, más o menos agudo, más o menos brillante, más o menos profundo. Pero, si no eres irónico, no eres nada.

Las presunciones que hay detrás de la ironía son francamente idealistas: se asume que la etiología y el diagnóstico señalan la cura, que una revelación del encarcelamiento lleva a la libertad; en realidad, la ironía y la rebelión sarcástica no resultan liberadoras sino debilitadoras de la cultura sobre la que intenta influir. Tal como dice Edward Hyde: "La ironía sólo debe usarse como emergencia. Prolongada en el tiempo, es la voz de los encarcelados a los que ha llegado a gustar su propia celda".

Esto es porque la ironía, por divertida que resulte, cumple una función casi exclusivamente negativa. Es crítica y destructiva, sirve para limpiar el terreno; pero la ironía resulta singularmente poco efectiva cuando hay construir algo que sustituya a la hipocresía a la que desacredita.

(Cuando afirmo que la ironía es "negativa" no quiero decir que sea mala o perniciosa: sostengo que su función no es crear, sino destruir. Políticamente, la ironía puede equipararse a esos rebeldes que se levantan contra las dictaduras hispanoamericanas: extremadamente útiles y eficaces para derrocar –destruir- regímenes corruptos; pero lamentablemente incapaces de instituir -crear- un nuevo régimen más justo. La ironía infatigable acaba tiranizándonos.)

La ironía fatiga porque carece de sustancia. Los ironistas me parecen tremendamente divertidos para escucharlos en una fiesta; pero siempre me separo de ellos como si me hubieran practicado varias intervenciones quirúrgicas. Ante la sofisticación sardónica, uno termina sintiéndose no solamente vacío sino casi oprimido.

La razón por la que nuestra ironía cultural dominante es a la vez tan poderosa y tan poco satisfactoria es que resulta imposible que un ironista "se defina". Cualquiera que tenga la desfachatez herética de preguntarle a un ironista qué es lo que piensa en realidad termina siendo calificado de ingenuo, de histérico, de mojigato. Eso es lo opresivo de la ironía: su capacidad de inhabilitar la pregunta sin que importe su contenido.

Pero hay (a mi entender) un aspecto mucho más grave del ímpetu irónico. Recuerdo que hace unos años leí la autobiografía de Elias Canetti. En ella, relata una conversación que mantuvo con Hermann Broch. Éste, tras la lectura de la novela de Canetti "Auto de fe", le recriminaba a su autor: da la impresión de que no tratas de combatir la estupidez humana; da la impresión de que "castigas" al hombre por su bajeza. Esa es la impresión que acaban causando los ironistas de guardia.

Nada más descorazonador que aquellos que asumen la función de combatientes intachables de la ignorancia, la maldad y la idiotez . Pretendidamente abrumados por ellas, pero íntimamente encantados con su papel de fustigadores de la general estulticia. Ya nos previno Sánchez Ferlosio de la importancia de desenmascarar a aquellos que se regocijan en "cargarse de razón" frente a la burricie humana.

La divertida, la necesaria, la irrenunciable ironía es (ay, sabemos muy bien qué) otra cosa .

¿Qué tiempo es éste
en que una conversación
es casi un crimen
porque entraña
tantas cosas explícitas?
P.C.